Nuestra Facultad Regional recibió en estos días la visita del padre Daniel Bertea, graduado de la carrera de Ingeniería Electromecánica y actual superior de los Misioneros de la Consolata en Argentina.
Nacido en San Francisco en 1964, volvió a la ciudad por un motivo particular: buscar reliquias de San José Allamano, fundador de su congregación, a cien años de su muerte, en 1926, las cuales recorren las comunidades de la congregación en el país.
Para Bertea, volver a la Facultad es regresar a un lugar propio. Recordó que el edificio fue concebido originalmente como seminario de la Consolata, algo que se cruzaría con su vida años después. “Yo la considero mi casa”, expresó durante el encuentro.
Ingresó a la carrera en 1982, tras terminar la escuela secundaria en el Colegio Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas. Eligió ingeniería atraído por su gusto por armar y desarmar cosas. Recordó el seminario de ingreso y la exigencia de una cursada nocturna que sostuvo mientras trabajaba en un entidad bancaria local. Se propuso empezar cada año sin materias pendientes, y lo logró durante buena parte de la carrera.
También recordó las movilizaciones estudiantiles de aquellos años para que la sede dejara de ser una delegación de Córdoba y pasara a ser Facultad Regional, y su participación como alumno en la evaluación de docentes que aspiraban a cátedras. Mantiene el contacto con compañeros de aquella época, con quienes se reúne cada vez que visita la ciudad.
De la ingeniería a la misión
Su vocación religiosa se fue gestando en paralelo a los estudios. Comenzó como catequista en la Parroquia Consolata y, tras participar en una misión juvenil en Formosa, decidió ingresar al seminario cuando le quedaba apenas un año de carrera. Terminó de rendir las últimas materias mientras daba sus primeros pasos en la vida religiosa.
Su formación lo llevó por Buenos Aires, Colombia y Kenia, donde cursó Teología en inglés. Fue ordenado sacerdote el 15 de junio de 1996 en la Catedral de San Francisco. Desde entonces, su camino pasó por Kenia, Roma, Buenos Aires, Venezuela, San Juan y nuevamente la capital argentina, donde hoy coordina a las comunidades de la congregación en el país. Acaba de regresar de Etiopía, donde participó de un encuentro de superiores de su instituto.
Cuando se le preguntó qué le dejó la ingeniería, respondió que fue decisiva en su modo de pensar. “Me organizó la mente”, sostuvo. Explicó que el razonamiento lógico y la mirada técnica le resultaron de gran utilidad en las misiones, donde siempre hay algo que construir o reparar, y que entender cómo funcionan las cosas le permitió acompañar obras y resolver problemas concretos en comunidades alejadas.
Un perfil singular
Bertea es una excepción en el mundo de los graduados: no ejerció la ingeniería de manera oficial, pero asegura que su formación lo acompaña en cada tarea. Con humor, contó que desde el seminario hasta las misiones africanas la utilizó para cosas cotidianas, como cambiar lamparitas, tender instalaciones o asesorar en obras.
Su paso por la Facultad fue una oportunidad para reencontrarse con el lugar donde se formó, compartir su experiencia con la comunidad universitaria y reafirmar el vínculo de la UTN San Francisco con quienes, desde los más diversos caminos, llevan a donde van lo aprendido en sus aulas.